jueves

Un mundo de cristal feliz


Está bien todo aquella que contribuya al mejor cumplimiento de la justicia y el respeto de los derechos de todas las personas. Todos tenemos derecho a conocer si un político que hemos escogido para que se comprometa a velar por el funcionamiento de una comunidad, por grande o pequeña que sea, está malversando fondos públicos o contribuyendo a prácticas ilegales como el narcotráfico. Estamos en nuestro derecho como ciudadanos y hoy en día, una de las maneras de conocer y demostrar todos estos embolaos es a través de las nuevas tecnologías –todo aquello con lo que alucinaban en las películas de James Bond– es hoy real. Y es que la realidad supera siempre la ficción, y luego está vuelve a superarla y la reta. Un bonito juego, pero peligroso.

Aunque estas nuevas tecnologías permitan tener vigilado tu establecimiento comercial y saber si uno de tus camareros empleados se come los ingredientes más caros cuando no estas y fuma en la cocina mientras saborea una copa de vino, o saber si tu vecino deja mear a su perro en la puerta de tu casa, etc. También nos estamos dejando conducir hacia un Gran Hermano. Todo está controlado, o al menos puede estarlo. Tus e-mails, tus llamadas, tus movimientos. Seguro que se podría reconstruir bastante fielmente un día de alguien que vive en la ciudad sólo con las grabaciones de las cámaras o los pagos de tarjeta de crédito.

Por el momento tenemos las drogas para el pueblo, el control de la educación, los métodos de reproducción asistida, la cultura del placer, las religiones y los fenómenos de masas, todos los ingredientes que Aldous Huxley mezcló para crear la sociedad de La Isla o Un mundo feliz. Tenemos un perfecto embrión de toda está ficción que tanto nos marcó.

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